Qué es la Imagen personal

La imagen es el resultado de un complejo proceso a través del que se juzgan los valores de una persona y de ello depende, en gran medida, su reputación. En un mundo altamente competitivo, el prestigio puede condicionar el éxito profesional; si bien una buena imagen no puede remplazar las aptitudes y la capacitación, es posible elaborar una estrategia de la propia imagen si conocemos los códigos que la definen.

Información y comunicación

En primer término, la imagen personal de cada uno de nosotros constituye información y comunicación para el entorno. Emitimos todo tipo de mensajes, desde los más sencillos hasta los más elaborados, que impactan en quien los recibe de manera significativa. Algunos contienen ciertos componentes visuales sencillos para decodificar como, por ejemplo, el color del cabello, la estatura o una edad aproximada. Pero junto con esas señales primarias de la identidad, se proyectan a través del comportamiento los componentes de la personalidad del individuo. En efecto, antes de hablar -en forma consciente o inconscientemente- una persona ya ha dicho mucho sobre sí misma a través de su apariencia. El interlocutor descifra esa información y también responde de alguna forma con su actitud; un mínimo gesto, una sonrisa o una postura distendida darán cuenta de la primera impresión que ha recibido, aún antes de expresarla verbalmente. Y es que existe una forma de comunicación cargada de señales netamente visibles y sensoriales que el otro interpreta según su propia impresión. Ese lenguaje silencioso que se manifiesta mediante el aspecto físico y los gestos, está íntimamente ligado a las características del individuo, a su historia y a la influencia del medio al que pertenece.

También la apariencia, las posturas, la forma de caminar, la manera de  presentarse y los modales se convierten en una voz elocuente que, sin palabras, transmite información sobre la persona antes de establecer una comunicación verbal y ambas modalidades se organizan y refuerzan mutuamente. Pero… cuidado! Porque todo aquello que acompaña las palabras refleja el sentimiento real del individuo, su pensamiento, sus deseos, miedos y frustraciones y con esos elementos -que también son parte del discurso humano- el otro irá elaborando un concepto de nuestra persona. Somos humanos y vulnerables en mayor o en menor medida y este aspecto de la conducta suele ser nuestro talón de Aquiles en la vida de relación y uno de los signos más negativos en la proyección de nuestra imagen. Solo la coherencia entre las palabras y los gestos puede reflejar la autenticidad de lo que expresamos.


El arreglo personal

Es la primera manifestación visible de nuestra persona y la primera que será evaluada por quienes nos rodean. En la forma de presentarnos damos indicios sobre nuestra ocupación y nuestra posición social; la selección de diseños, texturas, colores y accesorios  también refleja nuestra personalidad y hasta nuestro estado de ánimo. Al iniciar la jornada nos preparamos para enfrentar las distintas alternativas de nuestro trabajo o de nuestra vida social y ponemos gran esmero en seleccionar una serie de elementos que van desde la vestimenta hasta el peinado. Cada día es un desafío para estar acordes con el lugar y la ocasión si queremos sentirnos seguros de dar una buena impresión.

Es cierto que además de la ocasión, el lugar y la hora, la elección del atuendo está determinada por diferentes factores; son importantes en gran medida, la edad, las características físicas, el grado de comodidad que ofrecen ciertas prendas, las exigencias del medio profesional y las condiciones ambientales. También  influyen motivaciones subjetivas que están presentes ante cualquier decisión: el deseo de llamar la atención o de pasar inadvertido, la rebeldía, las frustraciones, los complejos y el criterio estético que cada individuo se ha formado. Además, no solo cuenta el propio concepto de elegancia, también se considera la moda y la respuesta que obtendremos del entorno social, árbitro inevitable que puede aceptar o rechazar formas y colores.

Ante una gran variedad de opciones, la vestimenta es una elección especial y se convierte en una forma de expresarse. Como consecuencia, determina un estilo que distingue a las personas. Es un signo particular que nos diferencia a unos de otros a pesar de que nos arreglemos según la misma tendencia. Esa forma singular de mostrarse es el resultado de un aprendizaje que nos da la seguridad necesaria para elegir y tomar nuestras propias decisiones en lo que respecta a la apariencia. El estilo se logra cuando nos encontramos con nuestra propia esencia; es una manifestación de autenticidad y coherencia con nosotros mismos que mostramos a los demás sin reservas y con la plena conciencia de que seremos calificados pues sabemos que es lo primero que se evaluará de nuestra imagen personal.

¿De qué manera resolver favorablemente nuestra apariencia? El primer paso será observarnos en el espejo con una mirada crítica y honesta. Qué nos queda bien, cuáles son los colores que nos favorecen, qué  cosas disimulan nuestros defectos... Si no es suficiente, no hay espejo más elocuente que la mirada de los otros; el juicio de los demás suele ser inapelable, pero es la mejor guía porque hacia ellos proyectamos nuestra imagen.


La autoestima

Para enfrentar una situación determinada nos preparamos con anticipación, vestimos el mejor atuendo, repasamos nuestros argumentos y nos presentamos con la mejor predisposición. Pero cuando llega el momento, de pronto parece que algo se quiebra en nuestro interior, aparecen sentimientos negativos y el miedo se instala en nosotros. Si sentimos un nudo en el estómago, las manos húmedas, la garganta seca y titubeamos, de poco servirá el mejor traje y la más cuidada preparación porque estamos ante una clara situación de estrés.

¿Por qué nos estresamos? El estrés es la respuesta del cuerpo a ciertas condiciones externas que perturban nuestro equilibrio emocional. Pero qué otra cosa se esconde detrás de esta experiencia. Por qué nos sentimos amenazados cuando se nos pone a prueba; a veces ante la más mínima de la pruebas. Porque evidentemente aparecen sentimientos de inseguridad que nos llevan a no poder resolver una situación, y la inseguridad es la más clara expresión de una baja autoestima. Está fallando la propia valoración de nuestro ser, de nuestra manera de actuar y del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. ¿Cómo podemos pretender una buena relación con los demás si la primera relación, la que establecemos con nosotros mismos es negativa? 

La autoestima es la imagen que tenemos de nosotros mismos; es la manera de percibirnos y valorarnos. Esta imagen, este concepto íntimo sobre nuestra persona fluirá en el contexto y será lo que los otros perciban. Una persona que no tiene confianza en sí misma, que no reconoce sus propias posibilidades, que se descalifica y se considera menos que los demás, que no puede resistir las comparaciones porque considera que otros siempre obtienen mayores logros, mal puede pretender una imagen positiva. Por eso, la autoestima y la comunicación están íntimamente relacionadas ya que la forma de establecer vínculos, de relacionarnos -primero con nosotros mismos y  luego con los demás-  determinará un efecto  positivo o negativo en los otros. 

La propia imagen se empieza a formar desde la infancia a medida que percibimos cómo  nos ven nuestros padres, los maestros, los compañeros, los amigos y más tarde con las propias experiencias que vamos adquiriendo. Felizmente, la autoestima es un sentimiento que se aprende, entonces es posible mejorarlo.

No somos perfectos; todos podemos encontrar algún detalle personal que se puede mejorar o que se debe corregir. Para lograrlo es necesaria una autocrítica sincera; hay que analizarse íntimamente para poder reconocer las propias fortalezas y detectar las carencias o los aspectos más débiles de nuestra personalidad. El primer paso es reconocerse; el segundo aceptarse para poder revalorizase. La autoestima nos permite librarnos de los miedos, ya que una valoración personal positiva no dejará espacio para las inseguridades. Estas condiciones -que favorecen la vida de relación- harán posible el desarrollo de nuestro potencial para mejorar el rendimiento laboral y aumentar nuestra calidad de vida. De esta forma, proyectando lo mejor de nosotros podrán aparecer las oportunidades que tanto esperamos para lograr nuestra realización personal.






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