La Puntualidad

Si el Protocolo es una forma de poner orden en la dinámica social, por supuesto que la puntualidad es una condición que se debe observar. Pero, para entender su significado es necesario reflexionar sobre otros aspectos que superan la importancia que la “puntualidad” tiene en el marco del Protocolo.

El concepto de “puntualidad” ofrece dos perspectivas de análisis: una interna que se relaciona con la propia persona y otra externa que se refiere a la relación del individuo con el entorno. En efecto, la puntualidad se interpreta como una actitud favorable hacia lo que significa “orden” y una disposición positiva hacia lo que se interpreta como “respeto” por los demás.

Ser puntuales es un hábito que se aprende desde los primeros años cuando la familia transmite sus costumbres y sus propias reglas, destinando un horario para cada una de las actividades. El niño práctica naturalmente estas consignas o bien es obligado a cumplirlas ejercitando su voluntad. Del mismo modo que para otros aspectos de la convivencia, la disciplina en el hogar es el primer adiestramiento de la voluntad que practica el niño, en este caso para cumplir con sus primeras obligaciones. Y este es el primer paso en su formación para llegar a convertirse en un adulto responsable de sus actos. De la exigencia de sus padres y de su ejemplo dependerá que incorpore en su conducta el hábito de ser puntual, tanto para concurrir a una cita como para presentar un trabajo en el tiempo establecido. Como estos criterios se aprenden en la infancia, si los padres no valoran el tiempo de los demás, será difícil que los hijos lo hagan.
La escuela también inculca el concepto de orden e impone como una condición tácita cumplir con los reglamentos que establecen un horario para cada una de las tareas; de esta forma se equilibra el tiempo de trabajo con el de descanso o esparcimiento y se refuerzan los hábitos de organización que se aprendieron en el hogar. Pero, cuando el niño no cumple se le reprocha no solo su desorden sino su falta de consideración, de respeto, con quienes comparte el aprendizaje: maestros y compañeros.   

Como vemos, la puntualidad está íntimamente ligada al orden y al respeto por los demás, por eso está considerada una pauta de buena educación y una muestra de cortesía. ¿Por qué? Porque ser puntuales o impuntuales demuestra la forma de asumir los compromisos, y nuestras conductas reflejan el grado de valoración que se siente por el otro. Si se promete y no se cumple, está implícita la indiferencia por lo que la falta pueda ocasionar a los demás. El incumplimiento demuestra desinterés o displicencia ante la posible respuesta que podamos obtener. De esta forma, orden y respeto se amalgaman y por eso, llegar tarde no solo demuestra un desorden interior, una incapacidad para organizar las actividades programadas, también delata una total indiferencia por los perjuicios que nuestra conducta pueda ocasionar. En síntesis, ser impuntuales es actuar con liviandad, sin responsabilidad; y la responsabilidad está asociada a la confiabilidad. Ambos valores se relacionan: una persona es confiable cuando cumple responsablemente con sus compromisos.

La impuntualidad latina

Por qué somos impuntuales? Tal vez debamos reflexionar sobre temas básicos y recordar que vivir en sociedad representa compartir tiempo y espacio. Cada cultura tiene un concepto sobre los alcances de estos dos elementos, establece la significación y la incidencia que tiempo y espacio tienen para las personas y lo transmite a través de la educación. La noción de puntualidad refleja los principios básicos que tienen que ver con la filosofía de vida del grupo y nos dice de qué forma se relaciona cada grupo y en qué grado tiene en cuenta a los semejantes.

En efecto, la valoración del tiempo es un rasgo propio de cada cultura y la experiencia demuestra que los anglosajones son respetuosos del orden y del tiempo ajeno, en tanto los latinos tenemos bien ganada la fama de impuntuales y ese defecto refleja el desorden con que nos manejamos en distintos aspectos de la vida social. Algunos se esfuerzan por explicar este fenómeno achacándole la influencia al clima o a la geografía de cada pueblo, pero es evidente que estos detalles de la convivencia están denotando problemas más profundos.

La flexibilidad de nuestros horarios siempre asombra a los visitantes de otras latitudes; en algunos casos podemos alertarlos sobre nuestra impuntualidad, pero hay que medir cuidadosamente cuándo y con quién hacerlo, ya que el aviso no siempre es bien recibido por aquellos que hacen un culto de la exactitud. Hace unos años, un presidente argentino que visitaba Alemania convocó a una rueda de prensa pero, como llegó media hora tarde se encontró con un salón vacío; los periodistas esperaron solo unos 15 minutos y cuando llegó el presidente ya se habían retirado. El incidente sirvió para marcar las diferencias, en este caso, entre Argentina y Alemania, latinos y sajones, y demostró que otras culturas respetan el compromiso asumido en tiempo y forma y no conciben la impuntualidad, menos aún cuando los protagonistas representan a un Estado. Y en este caso, la impuntualidad sí es una falta grave desde el punto de vista protocolar.

En nuestro medio se observa un marcado desinterés por el Ceremonial; las autoridades lo consideran una práctica acartonada, sin sentido, y desde esa visión creen que actuar “democráticamente” significa no respetar las reglas que han acordado prácticamente todos los Estados. Las formalidades externas del Protocolo son la forma apropiada de administrar los espacios de poder para dar a las personas el lugar y el tratamiento que se merecen, ya sea por su función o por lo que representan, y en ese contexto es necesaria la puntualidad. Si bien entendemos que llegar a tiempo es una cortesía que todos nuestros semejantes merecen, cuando las actividades trascienden la esfera familiar o social, la puntualidad cobra toda su dimensión y se juzga con mayor rigidez. ¿Es razonable que la Reina de Gran Bretaña espere media hora a un invitado? ¿Que un presidente llegue tarde a una inauguración o que un embajador concurra a una función oficial con veinte minutos de retraso? La impuntualidad es inaceptable, tanto desde un punto de vista protocolar como desde una perspectiva simplemente social; en ambos casos es una falta de cortesía que no favorece las relaciones. Por eso, más que una exigencia del Protocolo, la puntualidad es una obligación de quienes conviven en sociedad.


Puntualidad versus impuntualidad

De qué depende que haya personas puntuales y otras que siempre llegan tarde. Más allá de la educación, en algunos ámbitos llegar a tiempo parece ser una condición insoslayable: en el ejército, la diplomacia o la iglesia, no se admite bajo ningún concepto la falta de puntualidad y el incumplimiento es severamente castigado. Se puede deducir que en estos casos el rigor del entorno es decisivo para modificar conductas; del mismo modo, entender el beneficio que trae aparejado cumplir y satisfacer las expectativas de los otros puede influir para lograr un cambio y convertirnos en personas puntuales.

En realidad no hay un lugar especial donde la puntualidad deba ser considerada digna de respeto a diferencia de otras áreas, ni el rigor o la conveniencia deberían ser motivos para cumplir lo prometido. Siempre y en cualquier ocasión debemos ser puntuales porque el orden y el respeto armonizan la convivencia. Que la costumbre de llegar tarde a ciertos lugares donde nadie puede sancionar la falta nos haya habituado a ser impuntuales no significa que el retraso sea aceptable. ¿En qué difieren una boda, un negocio, una cita entre amigos o una reunión diplomática? En cada situación hay personas que deben ser respetadas. Tal vez la única diferencia está dada por la gravedad de las consecuencias que pueda ocasionar una demora.

Es habitual que las novias lleguen media hora después (cuando no más tarde), que una cita de negocios se retrase o un encuentro entre pares se concrete una hora tarde. ¿Por qué aceptamos estas conductas? Podemos sentirnos molestos por la espera, pero si nos interesa el encuentro y el otro llega con su mejor sonrisa y alguna excusa, siempre estaremos dispuestos a creer que tuvo un problema; después de todo es cierto que tenemos un tránsito caótico en nuestras ciudades, que podemos quedarnos dormidos o que tenemos mal el reloj… En estos casos, nuestro propio interés en el encuentro y nuestro deseo de no sentirnos desairados nos predispone a creer y aceptar cualquier pretexto. Por otra parte, en nuestro medio, como en otros países latinos, tenemos un amplio nivel de tolerancia que se ha impuesto por la costumbre. Nuestra educación tampoco es rigurosa y aceptamos las demoras con cierta resignación, esperando ser recompensados de la misma forma cuando seamos nosotros los que lleguemos tarde. De esta forma, aceptamos que si la cita es a las 20:00, todo el mundo llegue media hora más tarde pues hay un acuerdo tácito y se sabe que el tiempo real difiere en la práctica del tiempo pautado. A tal punto está arraigada la costumbre que desde hace unos años las empresas han establecido un premio al “presentismo”, sobrevaluando la asistencia y la puntualidad cuando deberían ser condiciones normales de un compromiso laboral.

La puntualidad, ¿puede convertirse en un valor relativo?

Sí, hay algunas situaciones especiales relacionadas con nuestra conveniencia y con nuestro interés en las que medimos el tiempo con mayor flexibilidad. En ocasiones, somos conscientes de que nosotros también podemos llegar tarde a una cita y nos conviene aceptar que el otro se retrase sin poner objeciones. De esa forma quedamos eximidos en la próxima oportunidad y llegaremos sin sentirnos presionados por una hora determinada.
También nuestro interés supera ciertas expectativas relacionadas con el tiempo y aceptamos la impuntualidad como un inconveniente necesario para lograr nuestro propósito. Si hemos pactado una consulta con el médico y somos recibidos dos horas después, estaremos molestos pero nuestro deseo o nuestra necesidad colocan en segundo plano el requisito de la puntualidad y encontramos más de una razón para aceptar la espera. Sabemos perfectamente que el médico ha recargado una agenda que le permite en una tarde recibir seis pacientes y no el doble, pero el afán de ser atendidos convierte al villano en un héroe que “ha hecho todo lo posible” para tratar nuestro problema hoy y no dentro de un mes.

Hay situaciones en las que nos sentimos impotentes ante la demora. Si un viaje en avión se retrasa, aunque nos quejemos por la espera reconoceremos que la puntualidad puede depender del clima y de tantas otras circunstancias que renunciamos al reclamo y subimos agradecidos al avión aunque sea con 6 horas de demora. Claro que si se ha perdido una conexión importante o el atraso impide cumplir un compromiso importante seguramente se iniciará un reclamo formal, pero se sabe que el resultado será incierto y a largo plazo. Y hay algo más, somos conscientes de que tanto en el consultorio como en el aeropuerto, si nosotros hubiéramos llegado tarde, seguramente hubiéramos perdido el turno o el vuelo.

Tampoco será bien visto llegar tarde a una entrevista laboral y es posible que un retraso sea el motivo para no ser seleccionado; pero si se llega a tiempo, el empleador no tendrá ningún reparo en hacer esperar dos horas al postulante, y ni siquiera se disculpará. Para él, seguramente, su tiempo es más valioso que el ajeno. Estas situaciones muestran claramente que la exigencia de puntualidad puede ser desigual: mientras unos abusan del tiempo de los demás, otros lo aceptan sin mayores objeciones, con la resignación del que sabe que no puede cambiar las reglas del juego.




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